viernes, 7 de diciembre de 2007

¡No hagan diálogo!

El enfrentamiento que tuvieron en noviembre el rey de España y el presidente de Venezuela ha sido analizado y repetido hasta la extenuación. Quiero reextenuaros: pero no para desmadejar el enrevesamiento de Chávez ni para vestir de interés el “por qué no te callas” de Juan Carlos I.

Me interesa más una frasecilla que pasó casi inadvertida entre tanto jaleo hispanoamericano, al ser soltada con voz aguda y apocada, o meliflua si se quiere ser también dulce, por la presidenta chilena Bachelet : “por favor, no hagamos diálogo".

Doy por sentado en mi desconocimiento (y doy por sentado mi desconocimiento) que “no hagamos diálogo” de Bachelet es un modismo de su país para pedir, como hizo el rey de España, que todos se callaran, pero educadamente. El interés de la chilena no debía estar pues en que se parasen todos los diálogos mundiales. Pero la propuesta alternativa no deja de ser interesante: imaginar que Bachelet quería que la maquinaria del dialoguismo, dialogantismo, dialoguerismo, parase en seco en aquel momento.

No hagamos diálogo. Desde el 10 de noviembre he leído tres artículos de opinión titulados “¿Por qué no se callan todos?” (uno incluso escrito por un estadounidense fascinado por la trifulca chavez-juancarlista). Las propuestas del “¿Por qué no se callan todos?” piden a los líderes mundiales que durante algunos días al año, por la imposibilidad de pedir meses o semanas al olmo, recojan sus bártulos mediáticos y dejen de armarla en público abriendo la boca. Me parece bien. La idea es que se retiren un tiempo a cada rato para meditar qué quieren decir; la vieja fórmula de contar hasta 10 antes de hablar.

Yo propongo que este silencio se dé al menos hasta que hayamos comprendido el verdadero sentido del diálogo, que va más allá de la cháchara, el cacareo y la repetición de los propios clichés que nos evitan la pesadez de escuchar al otro. Mientras tanto, no hagamos diálogo. Aunque sea en lo que aparentemente es el mismo idioma. Propongo que mediten no sólo sobre qué quieren decir, sino sobre el sentido mismo del diálogo.

Porque un día va y otros nos descubren; seres de otra galaxia o los que nos sucedan en este planeta, quizás cereales Kellogs mutados en copos de maíz inteligentes. Los Kellogs ven, pues, los restos de nuestra civilización, y tal, y de algún modo escuchan grabaciones de ahora y leen nuestros libros. Con lo difícil que es descifrar un lenguaje arcaico de por sí, va y estos copitos de maíz se encuentran con que han de desentripar palabras como “diálogo” antes de adentrarse en el significado de "mesa", o "morcilla de arroz". La pista que tienen es que el diálogo es algo que, según una líder mundial del pasado, debía dejar de hacerse (y con urgencia, suponen, puesto que la hacedora de la frase, Bachelet, pidió el fin del diálogo para evitar una guerra entre un viejo rey europeo y un caudillo bolivariano).

Relacionaron pues, en su lógica, el diálogo con las emisiones de CO2, el enriquecimiento de uranio, la devastación de la selva tropical y genocidios varios. “Por favor, no hagan bombas nucleares, ni diálogo”.

Y es que el diálogo, lo que llamamos diálogo, parece estar en medio de muchos de nuestros males. El diálogo está en el centro del conflicto palestino-israelí, en los comunicados que las autoridades de uno y otro lado se lanzan, cuando sus líderes abren la boca en un mismo lugar y tiempo y dicen hablar de lo mismo. El diálogo aflora entre Estados Unidos e Irán y se da en forma de ruido aparentemente articulado entre los que se llaman o son llamados España y los que se llaman o son llamados vascos; por ejemplo. El diálogo tiene pinta de esa panacea a la que, cuando es tarde, le afloran efectos secundarios.

Sólo Bachelet se ha dado cuenta de que tenemos sobrevalorado un ente abstracto, el diálogo, que misteriosamente aparece siempre en la escena del crimen. En las novelas de misterio suele haber un personaje que las pasa mal para justificar su presencia cada vez que muere alguien. Solemos sentir simpatía hacia él o ella; pensamos que puesto que el autor no se ha molestado en justificarle, resultará ser inocente porque la trama no puede ser tan burda. Todo puede ocurrir: que el personaje sea inocente y que la trama sea burda, o que el personaje sea culpable y la trama elegante a la hora de convencernos de la serie “culpabilidad, inocencia y culpabilidad” del sujeto en cuestión.

Pero aún puede pasar que siendo el personaje culpable, la trama sea burda.

No es de extrañar que los cereales no dialoguen entre ellos. Por ahora.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El diálogo que habría que empezar a acallar es el diálogo interior. Si todos los políticos fueran capaces del silencio interior y de mirar pa'dentro, seguro que les molestarían más los palabros que disfrazan de dia-logos y a todos nos doleríamenos la cabeza.
Besos
Princesa.

Anónimo dijo...

En Buenos Aires (supongo por "la vocesita" que en Chile tambien) la palabra DIALOGO forma parte del lexico de las maestras de primaria y significa CONVERSACION DE A DOS. Se usa mucho en su forma negativa cuando dos niños hablan entre sí molestando al resto de la clase: "NO HAGAN DIALOGO" dice la señorita maestra. Esto le da un sentido mas jocoso (todavía!!!), imaginar a la Srta. Bachelet regañando amorosamente a los niñitos JuanCarlitos I y HuguitoChavez que dialogan y no dejan hablar a JosesitoRodriguezZ. Jajaja