jueves, 20 de noviembre de 2008

Mientras tanto en España: 20-N, 33 años después



Este 20-N podría ser peor, pero ha sido el mejor de los últimos años. Los movimientos últimos de Garzón, aunque finalmente se haya inhibido a sí mismo de juzgar el Franquismo en bloque, ha propiciado que se vuelva a hablar en la calle (lo he escuchado) y en las sobremesas (lo he vivido) con un interés que desmiente aquello de que el tema está más que enterrado. De desenterrar cosas va, de hecho, la cosa.

Las teles celebran el 20-N, cada una a lo suyo. En Antena 3 se humaniza a Franco reviviendo sus últimas horas de vida en el hospital. Pero, en La Sexta, el Follonero acude al Valle de los Caídos y deja una bandera republicana en un ramo de rosas sobre la tumba del dictador.

Los fachas, otra vez, toman las calles. Son pocos los que lo hacen a cara descubierta, apenas un puñado, pero podría ser que alguna foto salga en la prensa italiana como aquí salió y se comentó la de los fascitas italianos saludando brazo alzado al nuevo alcalde de Roma. Son cosas nuestras, aquellas italianas, éstas españolas.

Durante días he escrito sobre Estados Unidos. Ganó el pene de Obama, y lo celebramos. Pero siempre lo he hecho teniendo en cuenta que algo de injusticia queda en mis comentarios sobre América, como casi siempre que un europeo habla de los Estados Unidos. Escribiré un día en profundidad sobre el tema, pero mi planteamiento es tan simple como esto: cuando en España nos comparamos con los Estados Unidos de América, lo hacemos comparándonos a nosotros mismos, universitarios y pobladores de grandes ciudades, con los granjeros de Iowa o habitantes de otras zonas rurales. Se nos olvida, en nuestra grandeza, mencionar los logros de intelectuales como Roth o Sontag, tener en cuenta la incansable producción musical, literaria, fílmica o artística del país, por no insistir en aquellos gadgets tecnológicos por los que nos volvemos locos, como el iPhone o Google.

Pagan justos por pecadores; nos parece sensato hablar de Estados Unidos como si todo el país fueran habitantes creacionistas de pueblos pequeños y obviamos a los ciudadanos formados de Boston, Philadelphia, Seattle o Nueva York. No sólo en España; aunque somos el país más antiamericano de Europa, y el segundo del mundo después de Irán, la americanofobia es Europea y sus generalizaciones se extienden de igual manera. ¿No sería el 20-N una cosa muy europea si los yanquis hablasen de Europa como Europa lo hace de ellos? Aún siendo muy europeístas algunos europeos, no creo que ningún francés entendiera a un norteamericano (o a un argentino, o a un chino) si éste le dijera "cómo sois los europeos, que hacéis corridas de toros, ¡pobres animales!".

En España hablamos de los logros de Europa como propios (y es justo) pero consideramos que Berlusconi es una cosa muy italiana, el conservadurismo ondulante de Polonia es asunto de los polacos y los avances de la extrema derecha en Austria sólo concierne a los austriacos (afortunadamente en este tema el Parlamento Europeo tuvo un gesto antidemocrático que prohibió el gobierno del difunto Haider hace cuatro años).

Hoy, 20-N, me siento, me figuro, como uno de esos americanos que durante 8 años han vivido con cierta vergüenza el ser del mismo país que Bush. Pero podría ser peor... podríamos seguir sin hablar de lo que dejamos de hablar, podríamos seguir sin reclamar lo nuestro. Ánimo.



martes, 4 de noviembre de 2008

Mientras tanto, en los Estados Unidos

Hoy América elije después de todo entre dos hombres:

Uno, Barack Obama, es joven y vigoroso, y lo imaginamos con una vida sexual sana puesto que Michelle Obama es guapa y parece quererle. Además, los prejuicios raciales nos hacen pensar que tiene un miembro grande. Esos mismos prejuicios raciales que hacen temer que Obama podría perder las elecciones pese a que las encuestas le son favorables, debido a una incierta cantidad de racismo latente en los electores.

El otro, republicano del partido de Bush, debe tener sólo ya un colgajo de 70 años entre la las piernas, si es que lo tiene, después de tanta herida de guerra.

Bush ha actuado, desde la Guerra de Irak, "por sus cojones". Las cosas se hacían porque él quería, porque los tenía más grande, aunque le pesara a la ONU, a los países aliados o a los miembros (electos) de su Congreso.

Dime de que presumes y te diré de qué careces. No queremos, otra vez, un hombretón traumatizado por lo que tiene o deja de tener en el bajo vientre, alguien que siguiendo la fórmula Frediana deba compensar con grandes misiles lo que la naturaleza le ha negado. Una cosa es que el macho, en una crisis de edad, se compre el coche más grande que pueda comprar su dinero; otra bien distinta es que saque a pasear sus misiles como un chulo de barrio.

viernes, 31 de octubre de 2008

Mientras tanto, en casa


Estamos en guerra. No es una guerra civil, sino una guerra de invasión. El territorio en dispusta es mi propia casa; el invasor es una horda de albañiles que, desde hace dos semanas ya, nos tienen en estado de sitio.

Todo empezó con un puñado de grietas. Una de las paredes interiores se agrietaba en tiempo real, esto es, podía casi verse en directo como las grietas aparecían y se desarrollaban a lo largo y ancho de la pared. La casera me dijo que era lo más normal del mundo, que el suelo se estaba hundiendo y que por tanto las paredes ceden. Puesto que es normal, parecía querer decirme, no te preocupes. Sí, el suelo se hunde, pero es normal.

No nos envió ningún arquitecto a comprobar el estado de la finca, sino una avanzadilla de las tropas obreras que sentenció que la pared caería. ¿Cuál es la solución? Tirarla. El suelo se hunde pero esto es normal; puesto que la pared se cae mejor la tiramos, que no se diga que se ha caído, que no se le pueda afear un tropiezo. Yo no me caigo, me tiro.

Y así, caí o me tiré en las obras propiamente dichas. El primer día me dijeron que tardarían tres jornadas en terminar: total, es tirar una pared y reconstruir la mitad del muro, trabajo fino oyes. El segundo día recalculamos el tiempo: puesto que en un día sólo nos ha dado tiempo a tirar un cacho de pared, pues va a sé que no, que lo terminamos un día más tarde. Y al otro día, volvimos a hacer balance del tiempo necesario: pues a saber, oyes, unas semanas, unos meses, que todavía hay que pintar.

En este tiempo intentamos esconder nuestros tesoros: la nevera está tapada con una sábana, nuestras sábanas están escondidas bajo toallas, las toallas las protegemos con papel de plata. Pero no tenemos donde escondernos nosotros mismos, del reguetón a todo volumen y del humo de puro que fuma uno de los soldados, ubicuo y negro, apestoso y pringoso como la injusticia de un monarca absoluto y cruel.

Dos semanas después hemos obtenido una victoria amarga en casa. Los echamos, pero los restos de la batalla perdurarán. Humeantes todavía las piras incendiarias de los bárbaros que tomaron el fuerte este medio mes, los restos de la batalla aparecen en forma de escombros, cables sueltos, puertas que no se pueden abrir (han pintado por encima de la cerradura), colillas apagadas en las macetas.

Lo peor, al darles las gracias cuando se marchaban, es que no les agradecíamos el trabajo hecho,
sino que se fueran. Nos queda, ahora, la reconstrucción.


Un trabajo de pintura fino: éste es el aspecto que tiene la puerta una vez
han considerado que su trabajo está hecho y bien acabado.

Mientras tanto, en la calle



Mientras tanto, en el Trono


La Reina de esta llamada “Monarquía democrática” (donde las elecciones sirven para unos, pero no para otros) se ha destapado en un libro de entrevistas.

Según la borbona debería enseñarse religión (católica) a los niños en la escuelas para que entiendan el origen del mundo. Y, con ello, otras de sus creencias: que no tenemos en nuestras manos el poder de decidir sobre la vida ni con la eutanasia ni con el aborto, y que los matrimonios entre personas del mismo sexo no deberían llamarse matrimonio.

La Reina ha servido en bandeja su cabeza a los críticos. Aunque habla poco y su acento es más duro que el burbujeo gangoso que produce Juan Carlos al abrir la boca, Sofía, por escrito, se expresa alto y claro, pero con gran torpeza. Diciendo que los matrimonios entre homosexuales no debieran llamarse matrimonio ha dado el pie para multitud de frases del estilo “nuestro sistema monárquico no debiera llamarse democracia, sino de otra forma”. Como un juego de niños.

Mi aportación infantil es que el matrimonio entre familiares, entre miembros de la realeza, no debería llamarse matrimonio, sino de otra forma. “Endogamia”, “Incesto”, “Productor de monstruos” son mis opciones.

La bocazas de la Reina ha tenido la mala suerte de que su entrevista se publique justo cuando un juez deja en libertad a 16 acusados de quemar fotos reales. Ha dicho algo así como que “quemar fotos de los reyes no debiera llamarse delito, sino libertad de expresión”. Que empiece la revolución.

lunes, 6 de octubre de 2008

Mientras tanto...


Mientras ocurren todas las otras cosas que ocurren en mi blog, mientras los gobiernos europeos se lanzan a la desesperada a salvar bancos, mientras las elecciones americanas se centran en Wall Street más que en Washington, mientras Rusia retira sus tropas de Irak...

viernes, 3 de octubre de 2008

Una del Oeste

Palin-Biden. DiCaprio. DeLillo. Premio Nobel. John Ford. La conquista del Oeste. Y del Este. Y del Norte. Y del Sur.

Ha ocurrido en Estados Unidos pero es también portada en el resto del mundo. En Lemonde.fr el debate electoral entre Palin y Biden, segundos de McCain y Obama, se analiza y enmarca bajo el epígrafe de "Americana"."Americana" es un género más novelístico que cinematográfico centrado en las emociones e idearios de los Estados Unidos que no tiene equivalente en las artes narrativas del resto del mundo; podemos decir de una novela que es europea, pero nunca será "una europea" ni "una europeana", por mucho que glose, denigre, analice o retrate historias e ideas europeas si es que se puede crear un conjunto tan firme de las múltiples literaturas europeas.

Del mismo modo existe, en paralelo al nombre de este género con peso casi equiparable al Realismo o a la Novela Romántica, la peyorativa etiqueta de "americanada", impuesta desde fuera de los Estados Unidos a la narrativa americana, aunque en este caso se suele aplicar al cine antes que a la literatura; tampoco existe el término "europeada", ni "alemanada" o "inglesada", aunque en casa los españoles sí definimos nuestro propio cine -y algunas actitudes- como "españoladas".

Los géneros y los estilos suelen tener en el arte fronteras tan difusas como las que separan la realidad y la magia en el realismo mágico; no en vano hasta García Márquez se cansa explicando que no entiende qué es eso de llamar "mágico" aquello que en su Colombia es tan real. Son tan difusas estas fronteras como concretas suelen ser los límites de los países. Estados Unidos tiene artes y fronteras de Gran Imperio, por novedosos que sean algunos rasgos de su estilo imperial en la Historia; esto se ve en parte en la inversión de la calidad de la dureza de sus fronteras: se han concretado los límites de la cultura a la vez que se difuminaban los territoriales; mientras que la fuerza de su cultura ha dado en crear géneros propios y bien delimitados como la "Americana", el Western o incluso el Pop Art (su nombre no se traduce del Inglés), las fronteras americanas dejan de existir cuando su crisis económica es la del planeta, un debate entre dos posibles vicepresidentes del gobierno es televisado en directo en casi todo el mundo y noticia central en la prensa al día siguiente, o por el hecho de que cuando sus protagonistas debaten sobre política exterior parece que discuten asuntos domésticos.

Mi marido americano me ha pedido una reflexión sobre un debate que esta mañana todavía no he visto. Me dijo, mi marido americano, que se puso malo escuchando debatir a Palin y Biden sobre Irak e Irán. ¿Cómo se atreven, me dijo, a jugarse el destino de tanta gente fuera de su propio país? Y tiene razón en parte: Palin y Biden, el republicano McCain y el demócrata Obama, cambian el mapa del mundo con cada una de sus palabras, y seguramente influyan en cómo vivirán irakies e iraníes los próximos años según sus acciones presidenciales. Mi duda al respecto es: ¿de veras hablan sobre lo que ocurre "fuera" de Estados Unidos?

Y más preguntas: ¿Hasta qué punto no es Irak ya parte de los Estados Unidos de América? ¿Por qué los estadounidenses se llaman a sí mismos, en debates presidenciales como en conversaciones cafeteras, "americanos"? ¿Cuándo absorvieron el nombre de dos continentes para quedárselo en exclusiva? ¿Cuánto de América del Sur no fue efectivamente estadounidense durante los años 70 y 80? ¿Y los organismos internacionales, qué porcentaje de los EEUU tienen? Mientras escribía estas líneas he debido cambiar varias veces el término "norteamericano" por el de "estadounidense", y "Norteamerica" por "Estados Unidos".

El comentario de mi marido americano (estadounidense) llega después de que yo haya visto por primera vez de motu propio un western: Drums among the Mohawk, Corazones indomables, de John Ford. Estamos en 1776, y los colonos alejados de la costa y del corazón de la revolución de independencia, han de luchar ellos solos contra los ingleses y sus aliados nativos-americanos. Se llaman a sí mismo "los de la frontera", así que su trabajo es mantener y expandir los límites de los Estados Unidos, como los de tantos marines y ciudadanos del planeta. Como nuestros contemporáneos, los colonos no saben del todo por qué están luchando; cuando al final de la película por fin son ayudados por las tropas de George Washington, ven por primera vez la bandera con las 13 rayas y las 13 estrellas, una por cada estado. "Así que esto es por lo que hemos estado luchando", dice uno de ellos; "es una bandera bien bonita", dice otro, mientras el himno de los Estados Unidos suena con muchos violines en la versión del compositor Alfred Newman. ¡Lo hemos oído tantas veces en tantas películas tantas tardes de domingo! Claro que hay cansancio. Si el himno americano suena, el final es feliz.

Una americana para algunos, una americanada para otros. Las fronteras a la vez que separan, nos unen a aquellos con los que lindan; quizás los estadounidenses sean todavía aquellos colonos que se lanzaron a la conquista del Oeste, y la llegada al Pacífico fue sólo una tregua en una expansión que continuó hacia la luna, marte, puerto rico, irak, irán. Cada vez más fronteras que vigilar, cada vez más indios e ingleses que combatir; cada vez más, el mundo es América, y la cultura de la Americana es la cultura de todos. Kennedy se declaró Berlinés hace cuatro décadas; el mundo es otro cuando Obama hace su discurso de campaña electoral en Berlín, y aun queriéndolo evitar no se declaró berlinés sino que nos declaró a todos norteamericanos.

Seguimos todos la campaña electoral americana como si fuera propia; no en vano no es precisamente un desconocido (para nadie en el mundo) el Leonardo DiCaprio que, junto a otros actores y actrices estadounidenses (globales) nos invita a no votar en estas elecciones con irónico humor.

Y, aunque le pese a los miembros del jurado del Premio Nobel, desde donde se ha declarado esta semana que la literatura americana es demasiado insular como para que un escritor estadounidense gane pronto el premio, también la literatura de los Estados Unidos expande cada día las fronteras de ese país gigante: se ha ofendido sin razón a escritores de la talla de Philip Roth, Paul Auster, Don DeLillo. Aunque Norteamérica fuera una isla, no podría estar aislada: sus fronteras son tan amplias ahora que el género concreto de la Americana abarca al mundo entero: desde hace décadas "Americana" es una novela que transcurre en parte en Vietnam, una película Americana podría pasar hoy en Irak, las americanadas ocurren en todo el universo.

No todo es poder militar. El siglo XX fue, también gracias al cine, también gracias a la literatura, el siglo americano. El siglo XXI parece dedicado en sus inicios a desestabilizar esta idea. Pero si es cierto que el momento antes de la mañana es el más oscuro de la noche, aún seremos más norteamericanos en el siglo XXI antes de dejar de serlo; de hecho Estados Unidos, como los enfermos terminales que parecen recuperarse justo antes de morir, ha sacado más pecho que nunca y ha sido más América en el mandato de Bush.

Si América cambia, cambiará el mundo entero. Si el mundo cambia, cambiará América.

martes, 30 de septiembre de 2008

Por los cojones de Bush

¿Qué podía hacer Geogre W.Bush para empantanar aún más los últimos meses de su segunda legislatura? Joder no sólo su presidencia sino la presidencia de quién le siga, llámese Barack Obama o John McCain.

Hace unos días advertí de que el órdago que Bush II había lanzado a las economías del planeta, ese "o conmigo o contra mí" similar al que disparó las guerras de Afganistán e Irak, no podía resultar bien. Mi miedo era que las cámaras norteamericanas validasen el plan de este ingeniero de la pacificación de Oriente Medio y arquitecto del Resort vacacional de Guantánamo. ¿Podíamos salir peor parados? Sí, si como ha ocurrido, el congreso americano rechazaba el plan que el presidente calificó como única opción para evitar una catástrofe económica mayor.

El día amaneció con el desplome de las bolsas asiáticas y cuando el sol llegó a Moscú, la capital de Rusia decidió no abrir las puertas de su parqué al pánico financiero.

George Bush, el hombre que sugirió que para evitar los incendios forestales había que talar los árboles, ha dejado a su país en la cuneta. No sólo ha perdido él el respeto internacional en asuntos económicos (Francia, Alemania y hoy Brasil le han corregido públicamente), geopolíticos (Rusia le ganó el pulso el pasado agosto en Osetia, China se ha dado un paseo espacial) o morales (la negación del cambio climático, la existencia de Guantánamo o su intento de enmendar la constitución para evitar bodas homosexuales) sino que ha conseguido que Obama y McCain se comprometan con él, antes de las elecciones, en una caída libre.

Barack Obama ha presumido de estatura de hombre de estado y junto con la mayoría de los demócratas ha apoyado el plan económico de Bush. McCain, aunque a regañadientes, se ha quedado casi sólo entre las filas del partido republicano, que pese a ser también el del presidente ha conseguido que no prospere el plan de compra de bancos en quiebra en perjuicio del ciudadano. Quizás sean ahora, para el resto del mundo, menos de fiar y sea más difícil creer en que alguno de los dos podrá propiciar un cambio verdadero de los movimientos de Bush, por injusto que sea el planteamiento.

Porque el planeta no puede sino responder visceralmente al visceral reto del actual presidente. "Por mis huevos", vino a decir, cuando chuleó con que tenía la respuesta a los problemas de la economía. El planeta, que ahora se agita en busca de nuevos polos políticos, ha perdido sobre todo los modos y la diplomacia en los últimos 8 años. No es de extrañar teniendo en cuenta quién lo dirige.

Algunos conspiranoicos sugieren que los atentados del 11 de septiembre de 2001 estuvieron patrocinados por la Casa Blanca. Aunque tienen difícil demostrar su caso, ya pocos dudarán de que, aunque sea metafóricamente, George W. Bush es como un kamikaze dispuesto a estrellar el avión que pilota no se sabe bien con qué fin. Obama y McCain se han convertido accidentalmente en las azafatas de un vuelo en el que vamos todos.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Debate americano

Mi marido americano me pregunta: ¿has visto el debate? ¿qué dice la prensa en España?

El debate es el primero entre McCain y Obama. A las 3 de la mañana en España, no estaba yo para debates. La prensa escrita española llegó demasiado temprano a los kioskos como para cubrir el encuentro. Las primeras noticias las escucho en la radio.

Somos parte del Imperio. En varias emisoras de radio el bloque informativo lo abre precisamente la campaña norteamericana. En nuestro parlamento se debate el presupuesto del estado (español), pero ahora es secundario. Miraremos ahora y durante mes y medio hacia el centro político de nuestro mundo, Washington, como venimos atendiendo desde el principio de la crisis a los avatares de su centro financiero, Wall Street.

Obama ganó el debate según las primeras encuestas, pero nos mantenemos a la espera de los sondeos americanos. Ninguno venció por k.o., pero Obama convenció más. Usó frases más aceradas, como el bisturí que aconsejó a McCain usar para hacer recortes económicos en lugar del hacha que empuña.

Y Obama, además, se acordó de nosotros: Zapatero es el presidente de España, y España, ha recordado Obama a McCain, es miembro de la OTAN/NATO. ¿Qué es eso, le ha afeado, de no saber si se reunirá con España si llega a ser presidente del gobierno? España es nuestro socio. Así que la prensa española tendrá mañana motivos de regodeo, existimos para el Imperio.

Creo que Obama causa un efecto similar al de Zapatero; a pesar de la inexperiencia, se le ven las ganas, el ánimo contagioso del joven. Con Zapatero prescindimos de la chulería y egocentrismo de Aznar; con Obama dejaremos de lado además la torpeza, difícil de superar, de Bush.

Mientras tanto, en España: el PP recuerda que Obama no se reunió con Zapatero en su "European Tour", vaya. El PSOE declara que respata igualmente a McCain y Obama, pero no puede negar, dicen, su sintonía con el segundo. A Zapatero lo han llamado rojo e izquierdista la Iglesia, Berlusconi y el Aznar del 2004. De Obama dijo McCain anoche que tiene el historial más liberal (en el sentido americano, de quasi socialista) de cualquier aspirante a presidente de la historia.

Lo esperamos con los brazos abiertos, también nosotros, querido marido americano.

PD.- Para mis amigos que dicen que se lían cuando escribo sobre política: Obama es el que se parece a Denzel Washington, y es el candidato demócrata, del mismo partido que Bill Clinton. McCain es el que se parece a Steve Martin, y es del mismo partido que Bush y su papá (o Aznar si no le produjeran picores el término "republicano").