martes, 26 de febrero de 2008

Europeing

Me gusta hablar con Anthony de Europa, contrastando mi punto de vista con el suyo, de norteamericano muy viajado, aunque se enfade; se enfada conmigo a menudo porque, sin querer, cuando hablo de Europa creo una imagen que se refuerza frente a otros países o .bloques, y además he de abstraer mucho mis ideas para homogeneizar lo que es la UE en mi discurso.

Me gusta salir de España y tantear las teorías que se me han ido ocurriendo este tiempo sobre terreno europeo, pero diferente. Las elecciones españolas llaman poco la atención en Alemania; en Italia Zapatero es un ídolo –o un demonio- pero parece que fuera del arco mediterráneo el enfrentamiento entre el presidente del gobierno y Mariano Rajoy no tendrá la medida épica de lo que ocurrió hace un año entre Sarkozy y Royale.

Pero en todos nuestros países nos estamos enfrentando a cuestiones propiamente europeas. Aunque compartimos con gran parte de América del Sur un sistema social que cuide a los pobres, incluyendo sanidad y educación gratuitas, nuestro alto nivel de vida hacen nuestros miedos diferentes: Europa tiene cada vez más cerca el fantasma de la quiebra de la Seguridad Social, y ocurre esto en Francia como en Alemania o España; la pobreza es sólo una amenaza. Pero el trabajo empieza a resentirse de esta crisis “sólo financiera” que ha explotado en los Estados Unidos y los sindicatos del continente se enzarzan en conquistar su propio ombligo mientras el número de parlamentarios de derechas aumentan en Estrasburgo.

GENUG GESPART, BASTA DE GASTO (público, se entiende); campaña publicitaria en el metro de Berlín

Ésta es la cara civilizada de los brotes de extrema derecha que, con esta pureza, también es un fenómeno europeo. Rajoy debate con Zapatero y como en el instituto Cervantes no hay nada preparado para seguir su primer encuentro electoral, lo veo con Julia en Jannowitzbrücke. “Aquí sobra gente”, dice Rajoy, antes de confiar en que una fantasmal niña española pueda aspirar a crecer siendo española y que ser española en el futuro signifique ser rica.

En la Unión, algo empieza a vencernos: los nacionalismos ganan fuerza y, lo que es ahora sólo la sombra de la duda respecto a los “socios europeos” más pobres, toma forma de racismo puro en sectores cada vez menos minoritarios. Ésta no es la homogeneización que defiendo, cuando abstraigo, tomando café con Tony.

domingo, 24 de febrero de 2008

Berlín Fotogénica

Berlín, Chicago, Londres, Barcelona
Negativos rallados, viejos, estropeados y escaneados. Aún así, sale guapa. Berlín es una de las ciudades más fotogénicas que conozco; su estructura, lisiada por la Historia y renacida de ella, encaja con el Zeitgeist universal: Berlíne ecléctica, Berlín reconstruida. Quizás es bella en fotos porque no hay que capturar la belleza criogénica y perfecta de otros paísajes urbanos. Berlín ofrece otra cosa que belleza a su espectador.

Recuerdo que al principio de vivir en Berlín hace más de un año, o en mis viajes cortos anteriores, la ciudad me pareció fea. Fea sin paliativos. Concedía que podía tener encanto, pero estaba muy lejos de enamorarme de ella hasta el punto de considerar que es una ciudad guapa en un sentido diferente. No es la pulida París, desde luego, no es la sinuosamente gastada Venecia.

En mis viajes he dado con comparar Berlín a Chicago. Ambas ciudades fueron destruidas y reconstruidas con un fervoroso espíritu renovador. Ambas metrópolis son una colección de edificios de arrojado diseño, renovadores tanto a principios del siglo XX como en el enlace con el XXI, abiertas y agradecidas a la arquitectura internacional. El resultado: mosaicos urbanos que reflejan la mezcolanza y fluidez de los inicios del nuevo milenio.

También recuerdo de mis primeros meses en Berlín una sensación acusada de pérdida, de falta de orientación, debido en gran parte a esta mezcla arquitectónica que impide tomar referencias fijas. Lo que me parecía único de un barrio, arquitectónicamente, volvía a verlo en otro después de andar durante horas, aunque fuera en una calle abandonada; de pronto me parecía haber dado vueltas sobre mí mismo. Apenas hay calles de todos modos que reflejen un único estilo en sus fachadas: el empedrado de la zona de Bergmanstrasse, en Kreuzberg, es de lo más singular, pero se limita a unas pocas manzanas. En general, la sensación cuando se camina Berlín es que no hay ningún patrón que seguir: a un edificio de hace tres siglos sigue una pared de acero y cristal levantada la semana pasada, y a ésta un residuo de la arquitectura soviética, y a ésta una empobrecida fachada posterior a la II Guerra, y a esta un experimento fantasmal.

Ocurre en Berlín que dos calles pueden tener el mismo nombre, aunque estén muy apartadas en el mapa, pues durante la partición de la ciudad fueron renombradas y no les importó a los dirigente municipales que esto ocurriera: a todos los efectos existían dos Berlines, y los caminos que llevaban a Leipzig se orientaban de manera diferente debido a las fronteras establecidas por cada bloque. Sin embargo, por lo que comentaba antes, no he encontrado símbolos claros de un pasado comunista u occidental en ninguna de las antiguas demarcaciones berlinesas, excepto unos pocos puntos turísticos: la urbe fluye como los habitantes de Schengen, gracias a las aerolíneas low-cost.

La mezcla resulta embellecedora en lo arquitectónico, aunque en lo demográfico los grupos de Berlín tienden a mezclarse poco, y se ubican por la ciudad según sus posibilidades financieras pero también atentos a las modas. Lo Hip desde hace años es vivir en el barrio de Prenzlauerberg, aunque las últimas tendencias indican que a algunos ya no les parece hip vivir en donde todo es demasiado hip, y proponen mudarse al norte de Kreutzberg porque es menos hip, y lo menos hip es más hip, y además será pronto más hip, gracias a la migración de los hip del hip Prenzberg.

Esto no lo supe fotografiar, pero en berlín casi cualquier disparo sin flash recibe una imagen fotogénicamente cordial. No le ocurre a todas las ciudades. Nueva York ama las cámaras y Londres ofrece con gusto su grandeza y los habitantes de sus parques a los reporteros. Barcelona, si uno pierde la guía del laberinto Gaudí, es imposible de fotografiar: los barceloneses se refugian de los turistas, y manadas de visitantes es lo poco del género humano que uno puede capturar con la cámara; los edificios, sin las exageraciones de Gaudí, tienen poco que ofrecer en las cortas distancias con que la ciudad permite tomarle instantáneas. Paseig de Gràcia, Diagonal, la playa y las Plazas de Catalunya y Espanya son de los pocos espacios donde el fotógrafo puede alejarse lo suficiente del objetivo para tomar algo que no sea un detalle.

En la foto de arriba, vista de la Torre de Televisión desde las cercanías de Leipzigerstrasse, en el Mitte financiero de Berlín.
Abajo, la Friedrichstrasse a 500 metros, con la estación de S-Bahn y el Berliner Ensemble donde Bertolt Brecht dirigió sus obras. Consejo a viajeros: adentraos por el descampado donde acampan las caravanas de las compañías de teatro y buscar una escalera sucia que baja por la fachada lateral del Ensemble; la cantina del teatro está abierta a los no-artistas, pero es frecuentada casi únicamente por actores, tramoyistas y gente del escenario.


sábado, 23 de febrero de 2008

Próxima reconstrucción Instituto Cervantes Berlín


El Instituto Cervantes de Berlín, también en obras, para que no haya bandera de España sin su correspondiente grúa. Me acercaré tan pronto como pueda al Tiergarten, para asegurarme de que la Embajada está, también, rodeada de socavones y en estado de ajetreada reurbanización. Estoy seguro de que, a falta de costa, en mi próxima visita la Torre de Alexanderplatz tendrá a sus pies un millar de pequeños bungalows; tal vez signifique ventajas para todos, puesto que así los alemanes no tendrán que desplazarse a Mallorca para disfrutar nuestro excitante sobreexplotación del suelo, y sentirán en sus propios pies lo que disfrutamos arrasando con cualquier cosa que parezca un acantilado.

viernes, 22 de febrero de 2008

Mis ciudades eróticas

No tengo ningún lugar concreto que visitar según una guía antigua de Berlín que encuentro en una maleta que abandoné hace meses. Antes de cada viaje sólo tengo un miedo: ¿me aburriré? La pregunta es rara porque ni en casa me aburro, pero me horroriza tanto pensar que me aburriré en un viaje como imaginar, ya que el pensamiento es gratis, que un día podría no amar a mis amados.

Más teniendo en cuenta que cuando viajo cualquier cosa me entretiene. Decido caminar durante horas siguiendo la orilla del río, o cruzar la ciudad de Este a Oeste en una línea recta lo más exacta posible, o visitar en la misma jornada una decena de calles cuyo nombre empiece por H o por T. Estrategias para encontrar lo no buscado.

Caminar por calles, sobre el asfalto, entre ciudadanos. Es un placer tan grande que me siento culpable de no disfrutar lo mismo en un paseo por el campo. Pero las calles y las ciudades… En Nueva York me siento abocado a un abismo, como si irremediablemente yo fuera a terminar como la misma ciudad, que se tira al mar allá por Wall Street, donde los edificios cada vez están más juntos porque se les acaba la isla; un abismo placentero, una predestinación, como el orgasmo, porque paseando por NY siento que le hago el amor a la calle, como si andar fuera masajear con los pies su espalda a modo de urbano preámbulo amoroso. A París, cuando la siento cerca, la siento como a una amiga con derecho a roce, un bello consuelo muy excitante pero de quién nunca me fiaré del todo, demasiado guapa y snob; Buenos Aires es brutalmente sexual, caminando sus avenidas me peleo con ella, y ella conmigo, cordial pero animalmente, sabiendo que no gana ninguno si uno pierde demasiado.

Y Berlín es amiga. Berlín es conversación tranquila, con una madurez que ha conservado bastante infancia; no creo que sea una ciudad joven, como se dice, sino que florece de nuevo como quien lo hace en la cincuentena. Cuando paseo por Berlín, por poco dados que sean sus habitantes a la conversación casual (comparados con los 5minutes-chatting de cualquier cruce de peatones en NY o los desbocados psicoanálisis porteños), nunca me siento solo, siempre voy tomado de la mano.

jueves, 21 de febrero de 2008

Berlin

Estampado del metro y tren de la línea metropolitana Berlinesa: el Ayuntamiento Rojo, el Congreso,
la Sinagoga en Oranienburgstrasse, Puerta de Brandenburgo y Torre de televisión en Alexanderplatz.

Vuelvo a Berlín, la ciudad amiga. Admito que no tenía ganas, igual que a veces no quiero encontrarme con un amigo algo pesado, o tendente a la tristeza, aunque le quiera. Vuelvo a Berlín algo asustado: hace mucho que no nos vemos, ¿cómo te habrás portado este tiempo? ¿Qué tienes que contarme? Lo que más temo es que no tengas nada nuevo que decir.
Tranquilo sin embargo una vez llego a Schönefeld, el pequeño aeropuerto tomado por las grandes del low-cost. Está nublado, afortunadamente. Criaturas de niebla resbalan por la hierba suburbial, las gotitas de agua se aferran donde pueden por no llegar al suelo.
El ritual de explicar a los nuevos, en la parada del Bahn, cómo llegar al centro de la ciudad, espera, ¿a qué parte vais? “No sé, tenemos dos días, ¿qué deberíamos ver primero?”. Siempre me da pena escuchar hablar así de Berlín, la ciudad escucha.

viernes, 15 de febrero de 2008

ARCO

El juego fácil de palabras para un chico malo es ARCO y Arcadas. Pero no me hace falta el personaje de malo porque he disfrutado como nunca de la Feria de Arte Contemporáneo de Madrid, en la que participé gracias a María Jesús y Patri, aunque las sombras que acompañan a las luces son temibles. "Feria", la palabra tiene mucho menos misterio que "Meca del Arte".


ARCO va de mirar, pero también de ser mirado. La gente que pasea por la feria es gente guapa, gente de foto, gente escapada del certamen de moda que se celebra en un pabellón cercano. En el pabellón contiguo hay una feria del objeto-regalo, lápices con el nombre de tu empresa o pastillitas de menta con la fecha de tu boda. Los invitados de los certámenes podrían ser intercambiables, aunque en ARCO no se ve gente cargando maletines para echar dentro todo lo que sea gratis. El gigantismo de la obra lo impide; me deleitan ahora las obritas más pequeñas, las miniaturas, las raras, las que obligan a acercarte. La gente que va a la feria del regalo tendrá un montón de gadgets gratis para mostrar; la gente que visita ARCO podrá exhibir las frases "inigualable, deberías haber estado, una experiencia impagable".

ARCO se paga. Esto va de comprar o, si no hay dinero, de ir de escaparates. Mírame, mírame, no me toques. Es una sensación extraña, tener obra aquí, en la Jungla, la Feria, aunque los tres estamos bastante distanciados del evento. Gatos disecados en posiciones de muerte, robots que recogen basura, la milésima revisión del blanco sobre blanco de Mondrian. Sabemos que nuestro rollo de tela y paredes, con vídeos de paredes que hablan (más info en silasparedes.blogspot.com), es parte de lo mismo, pero sabemos también lo que hay detrás de nuestra obra. Como los otros artistas, supongo. El suspiro que duele.


Consuelo Císcar abandona la feria después de hacerse las fotos en el stand del IVAM y decir a la prensa que la Generalitat Valenciana está con el arte. No la hemos visto por nuestro stand, donde mostramos los residuos últimos de El Cabañal.

La experiencia es emocionante. Hablo con artistas. Oigo hablar a artistas que de lo que más disfrutan es de hablar mal de otros artistas. Hablo con artistas de éxito con obra triste, repetida, que aprecian que su galerista apueste por ellos a cambio, sólo, de hacer lo mismo y lo mismo. Hablo con artistas molestos con sus galeristas, porque estos les han dejado de lado con la excusa de que lo mismo ya no vende y lo nuevo bueno, "no serías tú". Artistas-marca, venden o no venden.

Me presentan un chico feliz: ha vendido en dos días casi una decena de piezas. Se quedaría a celebrar con nosotros el final de la feria, dice, pero no tiene dinero para pagarse una noche más de hostal. No sabe cuándo cobrará esta obra pero sabe cuánto ha gastado en enviar sus cuadros a éste y tal concurso, cuánto cobra un camionero transportista que le recomendaron, cuántas horas de trabajo ha echado en cada pieza. Sus galeristas no le han pagado el viaje a ARCO pero le han recomendado que vaya, "has de ser visto", le han dicho, "habla con tus clientes." La apuesta del artista, la lucha del humano que quiere hacer algo concreto y se deja los restos en ello.

.. Y mientras tanto, cerca de la Plaza del 3 de mayo de Madrid, donde me alojo...

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Gadaffi va de camping.

Cuando era pequeño viajé mucho con mis padres yendo de camping en camping. Era el modo más económico de moverse y pasar los meses calurosos del verano entre pinos y junto al mar era una alternativa asequible al pueblo manchego de mi abuela. Recuerdo sólo cosas buenas de nuestras estancias en Denia o en la villajollosa, en Galicia e incluso, una vez que nos excedimos, en el parque de los bosques de Bologna en París. Lo más importante sobre todo es que me sentía libre, muy libre, aún cuando no supiera explicar qué significaba entonces para mí la libertad.

Yendo de camping aprendí a andar descalzo. Todavía lo hago en verano, incluso alguna noche me quito los zapatos para trotar por la ciudad, aunque el asfalto de Valencia sea menos romántico que las gravillas de mi niñez. Estando de camping amé las hojas del eucalipto, cuyo penetrante y lleno olor tiene en mí los efectos retroactivos de la magdalena de Proust. Me gustaba el olor del nylon de nuestra tienda y mucho el ruido y la vibración de la lluvia sobre éste. Al llegar la noche sentía que me adentraba en un mundo mágico, aunque me enfadara que mis padres interrumpieran el día para hacernos dormir, cuando abríamos la boca de la tienda y nos adentrábamos con linternas en su oscuridad calurosa. El baile de los dientes de la cremallera, su música fugaz, es uno de los sonidos que más amo.

Ahora sin embargo nunca voy de camping. Me doy el gusto de ensuciarme con el asfalto aunque su tacto en mis pies es suave comparado con las agujas de las piedras mínimas con que me masajeaba al pasear. Tengo eucalipto en un bote, y lo uso para relajar los pulmones cuando me resfrío, y he dejado el nylon por el algodón que es más suave.

Entre mis amigos que además son compañeros de generación casi nadie va de camping. En general cambiamos el coche por billetes de avión baratos, hacemos turismo urbano y preferimos la comodidad de pequeños hoteles, aunque estén algo sucios, al romanticismo de la tienda. Vivimos como burgueses que no pueden permitirse serlo. Pero raramente nuestros padres nos dicen lo que sería imaginable como reprobación si introdujésemos el tema con un “yo, en tus tiempos…” . Ya no está de moda, tampoco, usar tal frase. Entienden, con buen tino sociológico, que los tiempos cambian, y que habiendo tantas cosas de que preocuparse es mejor prescindir de las incomodidades de la jaima. Tienda, quise escribir.

Gadaffi, el dictador libio, se pasea por Europa con su tienda, y 30 chicas vírgenes. Los medios de información las llaman su Guardia Personal, en lo que debe ser fiel traducción del original, pero a lo que podríamos dar otros nombres más creativos y sin embargo más ajustados a nuestra realidad. A los líderes europeos esto les debe parecer exótico y nadie se pregunta qué tipo de amor une a estas jóvenes a su líder, para guardarlo como lo hacen. También les será atractivamente curioso que un dictador asesino plante una jaima en los jardines de las residencias oficiales que le son ofrecidas, llenando así de cojines y lujos orientales la aburrida diplomacia occidental.

¿Sentirá Gadaffi algo parecido a la nostalgia infantil cuando monta su tienda en los jardines de, por ejemplo, El Pardo? ¿Caldeará su imaginación el recuerdo antiguo de otros viajes, más ingenuos, pero más auténticos? ¿Se sentirá en comunión con la naturaleza, rodeado de sus vírgenes doncellas?

No lo creo. Lo que sin embargo sí creo es que nuestros políticos, a la izquierda y a la derecha de Sarkozy y Zapatero, se comportan como padres ciegos que no quisieran meterse en problemas con sus hijos, con dolosa hipocresía disfrazada de coleguismo. Eso, tanto si les salimos burgueses como si somos violentos con los inmigrantes. ¡Criaturas!

Porque nuestros políticos, a la vez jefes y empleados nuestros, no pueden pretender no conocer lo que saben, quién es Gadaffi y a qué se dedica en un país que ha hecho suyo a la fuerza. La broma de la jaima no puede empañar informativamente la importancia de su visita y del trato especialmente interesado que se le da a un asesino: que me perdonen los puristas de la globalización si malinterpretan que mi problema está con la jaima.

Afortunadamente la diplomacia española cedió a Gadaffi la antigua residencia de Franco y sus jardines en el Pardo, y no convirtió La Moncloa en la zona de acampada de este dictador aún vivo. Las imágenes de la Guardia Personal de Gadaffi, sus 30 vírgenes, hubieran reflejado de manera poco decorosa las fotos que nuestras ministras se tomaron, hace tres años, para celebrar la paridad en las páginas de una revista de moda. Ninguna a protestado frente a la exhibición de amorosas mujeres que el libio pasea por Europa.

¿Qué contrato tienen las vírgenes de Gadaffi? No es factible que tengan contrato por obra: se es virgen a jornada completa. Lejos de ser autónomas, imagino que no les queda otra opción que ejercer de vírgenes sin importar lo vocacional que les resulte tan peculiar profesión.

Zapatero contempla la escena en su visita a El Pardo. No critica lo que ve; no sólo por los sustanciosos contratos que firmarán los dos países, sino porque asume como anciano distanciado que no entiende esa cosa tan infantil que es una dictadura: le queda tan lejos ya que no debe opinar sobre el tema. “Estos jóvenes”, se dice, e imagina que Gadaffi es un hippy, rodeado de mujeres, acampando en tienda, pensando que los treinta y uno, ellas treinta y él el uno, comparten un montón de amor libre.

Pero no es libre.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Porteño en Valencia

Ayer pasé la tarde hablando con una amiga que dice que se va a Buenos Aires. Me dio tanta envidia que le di un golpe en la cabeza con la botella de cerveza que me estaba bebiendo. La violencia no arregla casi nada: no sólo no la hice cambiar de opinión, sino que si ella está en Buenos Aires yo no podré ir debido a una orden de alejamiento.

Antes de eso hablamos mucho de los argentinos y de las argentinas, refiriéndonos en todas nuestras anécdotas a los porteños., por supuesto, acumulando un puñado de injurias a las que no podemos evitar amar más o menos, porque también somos neuróticos.

La base de nuestra conversación sobre los porteños estaba en lo complicada que tienden a hacerse la vida los porteños que mejor se acoplan al peor estereotipo de argentino. Nos daba a ambos la sensación de que con su lengua, educada en el psicoanálisis mundano, enredaban la alegría hasta hacer de ella un drama. Nunca se aburren, pues, si pueden hablar, excepto si cuando el aburrimiento les sirve en sí mismo como interesante dolencia del alma.

¿Es fácil ser tan difícil como un porteño? ¿Es difícil hacer que parezca fácil ser difícil?

Pensión Boluda en la calle Bailén de Valencia

Mi último texto recibió dos comentarios. Uno de la princesa anónima, que no contenta con mi petición de que los políticos callen, les pide silencio interior, suponiéndoles la capacidad de meditar. Otro, y por eso escribo este texto, en que se me explicaba que en Buenos Aires la palabra “diálogo” es una conversación de a dos que, en las escuelas, debe ser acallada por las maestras de primaria, “no hagan diálogo”.

Firmaba el texto “porteñoenvlc” (¿porteño en valencia?), que aunque no lo conozco me ha hecho meditar sobre la facilidad (o no) de ser porteño. Es fácil ser porteño en el mundo. Porteño es el bonaerense, principalmente de la capital argentina, pero también se consideran porteños algunos platenses: a veces orgullosos por pertenecer a la provincia de Buenos Aires, a veces dolidos (¿de mentira?) por cargar con los peores atributos de Capital. Lo importante es que hablen de uno, da igual si bien o mal. Y de los porteños se habla en España. En el mundo hispanohablante se entiende de dónde es uno cuando dice que es porteño. ¿Pero en valencia, ser porteño en Valencia?

Pensaba en todo esto mientras volvía a casa del Cabanyal, un barrio valenciano formado casi todo por casas centenarias que va a ser derribado (3.500 viviendas) en pos de la prolongación de una gran avenida. Los vecinos del Cabanyal no pueden sino ser porteños, dada su cercanía al puerto de la ciudad; si este barrio está amenazado desde hace décadas por los derribos municipalmente planificados, otros poblados marítimos comparten con éste el abandono de las autoridades: son mercados urbanos de la droga donde raramente se adentran los servicios de la limpieza (o policiales o de sanidad).

No es fácil ser porteño si uno es de Valencia. Aún no.

A algunos platenses les gusta diferenciarse de los bonaerenses aunque apenas estén a 100 kilómetros de la capital y La Plata gestione la administración de Buenos Aires. Otros sin embargo cargan orgullosos con las etiquetas porteñas: complicados, bocazas, enredadores, presumidos. No es difícil querer ser porteño, ni serlo, si a uno se le reconoce el mérito –incluso negativo-.

Ser porteño en Valencia aún no significa mucho. Es como ser un animal en vías de extinción por el que pocos derramaran aún menos lágrimas. Ser porteño ahora, con las gestiones de la America’s Cup bloqueadas tampoco, tiene poco valor. Pero quizás un día, ser porteño de Valencia, tendrá un valor tal que será cuantificable hasta económicamente. Valor bursátil, y valor inmobiliario. Lo de los valores morales, bueno, veremos si podemos cargar con falsa modestia y una presuntuosa falta de orgullo el carecer totalmente de ellos.

PD.- El siguiente link tiene algo de información sobre un proyecto de rescate en que ando metido con dos artistas geniales en este barrio:
http://silasparedes.blogspot.com/

viernes, 7 de diciembre de 2007

¡No hagan diálogo!

El enfrentamiento que tuvieron en noviembre el rey de España y el presidente de Venezuela ha sido analizado y repetido hasta la extenuación. Quiero reextenuaros: pero no para desmadejar el enrevesamiento de Chávez ni para vestir de interés el “por qué no te callas” de Juan Carlos I.

Me interesa más una frasecilla que pasó casi inadvertida entre tanto jaleo hispanoamericano, al ser soltada con voz aguda y apocada, o meliflua si se quiere ser también dulce, por la presidenta chilena Bachelet : “por favor, no hagamos diálogo".

Doy por sentado en mi desconocimiento (y doy por sentado mi desconocimiento) que “no hagamos diálogo” de Bachelet es un modismo de su país para pedir, como hizo el rey de España, que todos se callaran, pero educadamente. El interés de la chilena no debía estar pues en que se parasen todos los diálogos mundiales. Pero la propuesta alternativa no deja de ser interesante: imaginar que Bachelet quería que la maquinaria del dialoguismo, dialogantismo, dialoguerismo, parase en seco en aquel momento.

No hagamos diálogo. Desde el 10 de noviembre he leído tres artículos de opinión titulados “¿Por qué no se callan todos?” (uno incluso escrito por un estadounidense fascinado por la trifulca chavez-juancarlista). Las propuestas del “¿Por qué no se callan todos?” piden a los líderes mundiales que durante algunos días al año, por la imposibilidad de pedir meses o semanas al olmo, recojan sus bártulos mediáticos y dejen de armarla en público abriendo la boca. Me parece bien. La idea es que se retiren un tiempo a cada rato para meditar qué quieren decir; la vieja fórmula de contar hasta 10 antes de hablar.

Yo propongo que este silencio se dé al menos hasta que hayamos comprendido el verdadero sentido del diálogo, que va más allá de la cháchara, el cacareo y la repetición de los propios clichés que nos evitan la pesadez de escuchar al otro. Mientras tanto, no hagamos diálogo. Aunque sea en lo que aparentemente es el mismo idioma. Propongo que mediten no sólo sobre qué quieren decir, sino sobre el sentido mismo del diálogo.

Porque un día va y otros nos descubren; seres de otra galaxia o los que nos sucedan en este planeta, quizás cereales Kellogs mutados en copos de maíz inteligentes. Los Kellogs ven, pues, los restos de nuestra civilización, y tal, y de algún modo escuchan grabaciones de ahora y leen nuestros libros. Con lo difícil que es descifrar un lenguaje arcaico de por sí, va y estos copitos de maíz se encuentran con que han de desentripar palabras como “diálogo” antes de adentrarse en el significado de "mesa", o "morcilla de arroz". La pista que tienen es que el diálogo es algo que, según una líder mundial del pasado, debía dejar de hacerse (y con urgencia, suponen, puesto que la hacedora de la frase, Bachelet, pidió el fin del diálogo para evitar una guerra entre un viejo rey europeo y un caudillo bolivariano).

Relacionaron pues, en su lógica, el diálogo con las emisiones de CO2, el enriquecimiento de uranio, la devastación de la selva tropical y genocidios varios. “Por favor, no hagan bombas nucleares, ni diálogo”.

Y es que el diálogo, lo que llamamos diálogo, parece estar en medio de muchos de nuestros males. El diálogo está en el centro del conflicto palestino-israelí, en los comunicados que las autoridades de uno y otro lado se lanzan, cuando sus líderes abren la boca en un mismo lugar y tiempo y dicen hablar de lo mismo. El diálogo aflora entre Estados Unidos e Irán y se da en forma de ruido aparentemente articulado entre los que se llaman o son llamados España y los que se llaman o son llamados vascos; por ejemplo. El diálogo tiene pinta de esa panacea a la que, cuando es tarde, le afloran efectos secundarios.

Sólo Bachelet se ha dado cuenta de que tenemos sobrevalorado un ente abstracto, el diálogo, que misteriosamente aparece siempre en la escena del crimen. En las novelas de misterio suele haber un personaje que las pasa mal para justificar su presencia cada vez que muere alguien. Solemos sentir simpatía hacia él o ella; pensamos que puesto que el autor no se ha molestado en justificarle, resultará ser inocente porque la trama no puede ser tan burda. Todo puede ocurrir: que el personaje sea inocente y que la trama sea burda, o que el personaje sea culpable y la trama elegante a la hora de convencernos de la serie “culpabilidad, inocencia y culpabilidad” del sujeto en cuestión.

Pero aún puede pasar que siendo el personaje culpable, la trama sea burda.

No es de extrañar que los cereales no dialoguen entre ellos. Por ahora.