sábado, 5 de julio de 2008

El CAP es papel mojado

No estoy preparado para mis adolescentes, estoy fascinado

El Curso de Adaptación Pedagógica que hice para poder ser profesor apesta. Ya me di cuenta entonces, teniendo una madre docente, de que lo que estaba haciendo no tenía nada que ver con sus tres años de preparación de magisterio, su estudio de la obra de Piaget o Chomsky respecto a las edades cognitivas del niño y todas aquellas densidades tan didácticas.

El CAP requiere apenas diez horas para leer algunos textos y resumirlos convenientemente, y otras pocas horas no controladas de prácticas en escuela. No extraña que acabe siendo con frecuencia un mero trámite hacia el trabajo de funcionario como educador para licenciados cansados de perseguir otra vocación, o sin vocación laboral alguna.

Ahora descubro a los adolescentes y echo de menos haber tenido algo de preparación sobre las inquietudes y deseos de estas almas jóvenes. No está del todo mal porque a muchas de las tesis que descubro llego por mi propio pie, aunque frustra no saber contrastarlas después, y además reciclo mi memoria sin psicoanálisis.

La cuestión sexual, por supuesto. Viendo a mis niños y niñas voltear alrededor del sexo con las tesis más disparatadas sobre su deseo más disparado, entiendo cómo la sociedad necesita durante años psicoanálisis y derivados para paliar todo el año que nos hacemos en la adolescencia. La pereza adolescente y su necesidad de individializarse, su búsqueda de uno mismo y las múltiples dudas que aparecen, el malhumor y los silencios, el infantilismo nervioso que aún coletea, se contagian a padres y profesores hastiados, impacientes, maleducados, solipcistas, sin querencia alguna después de tanta guerra de mover un dedo. Mis chicos y chicas están a la deriva y aunque soy consciente de que no hay nada que salvar y que encontrarán su camino, me sabe mal ver en ellos mi propia pérdida y la de mis amigos, las dudas con las que empiezan a tejer ahora, a base de respuestas inapropiadas a preguntas que no saben formular, una red de confusión que les llevará luego años desenmarañar.

Me gustaría haber llegado más preparado a esto. Ahora me sugieren los profesores permanentes que les proponga juegos donde el físico sea importante, donde puedan tocarse y quemarse, y que no me preocupe demasiado por salidas de tonos o desobediencias, que están en la edad de marcar carácter y afianzar su voluntad. Si hubiera llegado más preparado, no habría resultado tan emocionante. Es como llegar a un libro del que no has leído ni la sinopsis pero que intuyes universal.

jueves, 3 de julio de 2008

Dos semanas de 15 años

Yo también he sido adolescente

Casi dos semanas de trabajo con adolescentes. Me siento bastante dilentante ahora mismo, metido en donde no me llaman, contrariado por no saber bien cómo actuar después del fin de semana. Sorprendido.

Mis superiores entienden las dificultades por las que paso: tu grupo, me dicen, ha resultado demasiado heterogéneo al final, son edades demasiado diversas. Tengo criaturas de 12 años que miran extasiados a los personajes de 14, que espantan a los primeros como si fueran moscas, como jamelgos desganados, igual que intentan apartar de sí cualquier cosa que no sea ellos. A mí, el curso de verano, la escuela, sus padres, un libro, el tedio, el tedio, el tedio.

Los juegos no han funcionado, y no les culpo: mis niños ya no juegan. Los más pequeños quieren jugar durante un rato, hasta que ven que los mayores lo consideran una cosa de niños. Una cosa de niños es dibujar, aun con caballetes, aun sabiendo que es mi trabajo; cosa de niños es esculpir, leer, estar sentado en clase con los pies en el suelo. Y todo, todo, es demasiado fatigoso para ellos, hasta ver una película.

Nunca hablo a los niños pequeños como si fueran niños pequeños, son personas con otras experiencias, pero me niego a dejar de hablar como niños a mis adolescentes, quiero sacarles de su papel. Y en parte funciona, ven la ironía.

Además algo resuena en mí. Este trabajo ha coincidido con un retiro de dos meses a casa de mis padres, lo que ha propiciado varios encuentros con antiguos compañeros de instituto. Recuerdos y ecos: ¿qué hacíamos nosotros en los descansos del instituto, con 13 años? Estar cansados, o actuar como si lo estuviéramos. Estar sentados. Hablar. Hablar mucho, aunque de poco. Nunca he hablado de sexo pero he escuchado, y aquellas frases llenas de misterio y autoafirmación, de fábulas grandilocuentes y oníricas onanistas odas al deseo, vuelven a mí. Sí he sido adolescente.

domingo, 29 de junio de 2008

Adolecen

Adolescentes, enseñanza, desenseñanza, terapia.

El susto me lo llevé hace dos semanas, cuando los profesores nos repartimos los grupos y me tocó el de los chicos mayores, del último curso de EPO y varios de Secundaria. Misteriosamente todo el mundo excepto yo, que no había trabajado en el colegio los veranos anteriores, tenía ya sus cursos favoritos y ninguno eligió el mío. Yo, que sólo tenía claro que no quería a los de ESO.

La ocasión la pintan calva; me dije que era la oportunidad de revivir mi adolescencia, el periodo de mi vida del que tengo peores recuerdos y a la vez más lagunas de olvido. Hasta hace poco todavía me impresionaba pasar por delante de un grupo de adolescentes, como si yo mismo fuera uno de ellos, sujeto a las críticas más feroces de igual a igual. Un día, no hace tanto, me di cuenta de que ya soy un señor, un hombre; algo tan aparentemente fácil de ver me asombró con la fuerza de una iluminación.

Pero he visto llorar a demasiados amigos profesores, a los más fuertes, a los más guerrreros, durante los últimos años como para no llevar resguardo. Monstruos, mastuerzos, bestias de carga, apáticos, aburridos, hipersexuales, hiposexuados, desordenados, desobedientes, gritones, brivones. Yo no, yo nunca he sido así, me digo.

sábado, 28 de junio de 2008

Pillar cacho en el water (una de Gran Arte)

Compañía Nacional de Danza, dirigida por Nacho Duato, en el Palau de les Arts Reína Sofía de Valencia.

La danza no es mi arte. Yo bailando soy como una película de Tarantino, muy floreado, bastante imprevisible, y siempre acabado en un baño de sangre. Como espectador, tampoco me tomo muy bien normalmente ver gente saltando sin saber muy bien por qué. Me frustra tanto como no entender el idioma de algún lugar visitado, pero sin esas ocasiones consigo relajarme y disfrutar el sonido (además de la opción de no tener que hablar ni escuchar), ¿por qué no con la danza?

Fui invitado. Gratis. Gracias A. El Palacio de las Artes de mi ciudad es, por dentro, como una gran taza de váter. Hay azulejo por todos lados, lo que puede hacer fácil la analogía. Pero además la arquitectura de la sala principal tiene forma de w.c. Así que si antes de entrar ya me incomodaba ver a gente tan revestida y repeinada, como diciendo "soy un pincel para la ocasión", una vez me di cuenta de que estábamos en un aseo, la impresión de que algo fallaba se magnificó.

La ocasión: pues ver gente danzando. Gente que no nos ve. ¿A qué tanta ropa cara? ¿A qué tanto ir a la peluquería una hora antes del estreno? Es una pena que casi todo lo relacionado con la cultura sea tan "ocasional". Una vez vi, en Weimar, a Merce Cunningham y su compañía celebrando los dos siglos del bailarín sobre los escenarios. Estaba muy envejecido. No me gustó, pero vi que la gente de este pueblo pequeño que disfruta de una veintena de óperas cada mes no vestían como si la entrada de la Opernhaus fuera la de una disco de moda custodiada por dos matones cachas; como si fueran a pillar cacho.

Recreación Poética del Palau de les Arts.

Entonces salió Nacho Duato a escena e hizo unas piruetas que no estaban ni muy bien hechas, ni tuvieron mucho que ver con el resto de la representación. Luego me permití escuchar este idioma desconocido con placer, emocionándome, sorprendiéndome de la belleza que había en las danzas sincronizadas con la sincopada música de Bach. Bach, me tocó la fibra (esa fibra). De pronto todo eran recuerdos. Bach sirve para entrelazar mejor los recuerdos.

Feliz. Entonces volvió a ser Nacho Duato. A la salida me di cuenta de que no era el único que no entendía su papel en la obra que dirigía, más allá que el de ser director. ¿Era la musa de Bach? ¿Era el amante de la muerte? Muy raro. Parecía que estaba por estar, para ser visto, para pillar cacho. En un urinario gigante. El triunfo de Duchamp.

jueves, 26 de junio de 2008

Que baje Dios y lo vea

Si esto es vida, que baje Dios y me pegue un bocado en el abdomen,
que sepa a qué sabe,
y decida.

lunes, 26 de mayo de 2008

Elche de la Sierra, el exotismo de lo de siempre

He pasado cuatro días de viaje, días largos y anchos, tranquilos, como la Mancha que he visitado. Un viaje de vuelta a los orígenes, al pueblo de mi abuela; cuando éramos chiquillos mi hermana y yo pasábamos una parte de cada verano en Elche de la Sierra, entreteniéndonos con lo que nos daba el día como hacen los niños. Después, hemos vuelto una vez cada cinco años o más, siempre con la misma expectativa tremulosa de ver muy cambiado al pueblo y a la vez nada cambiado.

Desde el 2001 no había vuelto a Albacete. Esta vez esperaba cambios más sustanciales, quizás porque el siglo XXI no podría dejar indiferente a nadie, y porque internet debería haber revolucionado profundamente la vida de la última aldea del planeta. Ahora imagino que los paisanos de mi abuela miran los espectáculos televisivos que ofrece la España multi-capitalina como la España entera de los sesenta veía aterrizar al hombre en la luna: como algo ajeno, lejano, de otro mundo.

En estas cuestiones casi todos nos sentimos removidos por sentimientos encontrados. Consideramos buenos muchos aspectos del enriquecimiento, económico y cultural, igual que valoramos la capacidad de viajar con menos dificultades que hace unas décadas. Pero, sin embargo, nos entristece que el crecimiento lleve aparejada la desaparición de lo pequeño, que la velocidad de las telecomunicaciones silencien y el silencio y la calma de las conversaciones antiguas. Quizás, con el tiempo, una vez estén más gastadas las novedades, podamos dejar resurgir los hábitos pasados; quizás los libros sean más valiosos una vez hayan desaparecido del todo, una vez su regreso sea exigido y su presencia no se dé por sentado, cuando hayamos procesado la actualidad y su modernez y podamos amalgamarla a la historia con lo que ya fue.

Si hacen este proceso en Elche de la Sierra lo hacen de forma secreta. Ya conocen personalmente muchos los lugares de los que proceden sus turistas, descendientes de los que emigraron en los años 50, en gran número hacia la costa valenciana; pero aún hablan de Valencia, de Madrid o Barcelona, como algo lejano y demasiado grande, algo tan enorme que no es deseable, como si ellos mismos se convencieran de que lo que tienen es más valioso.

Y lo es, en muchos aspectos. Cómo hemos comido, aún a buen precio. Qué caracoles y rabos de cerdo y manjares que, en la ciudad, me parecen casi bárbaros. No es que respeten lo antiguo, lo antiguo sigue presente. Las cabinas de telefónica de los 80 siguen en pie. A pie de calle la gente descansa, en la puerta de casa, viendo pasar a los paseantes. Si eres foráneo no te saludan, pero no niegan una hosca respuesta si uno toma turísticamente la iniciativa de saludar.

En Ayna, un pueblito entre montañas al que llaman la Suiza de Castilla, conocimos ancianos que no habían salido nunca del pueblo. Ancianos que con 70 años cuesteaban diarimente pueblo arriba, desde sus huertos en el hondo valle, cargados de los frutos del campo. Ancianos más ágiles que yo. Ancianos famosos, algunos, porque habían participado hace 20 años en el rodaje de "Amanece que no es poco". Recuerdo haber visto un pase especial de la película en Elche de la Sierra: sobre la fachada de la Casa de la Cultura se proyectó el filme de estreno, porque también en el pueblo se habían tomado algunos planos.

Visité Elche acompañado de mi hermana y una amiga viajera, de un buen amigo argentino y de mi marido americano. Era más placentero viajar con ellos porque explicándoles cosas del pueblo me las volvía a explicar a mí. Era placentero que algún viejito me preguntara "y tú de quién eres" porque ya les habíamos adelantado a nuestros acompañantes que la pregunta existía, se hacía, y el modo en que había que contestarla: somos de la Carmen de Correos. Era interesante, porque yo mismo no podía explicármelo todo, no podía explicarme que hubiera jabón en el lavadero público, como si se acabara de lavar ropa sobre las tablas talladas en piedra que asoman del agua. Fue maravilloso que nuestra visita coincidiera con el Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo de Cristo, que en la zona se celebra decorando las calles con alfombras de serrín coloreado de imágenes religiosas. O de la Sirenita, de Disney, porque el DVD debe existir en este pueblo sin cine.

A todos nos pareció exótico, tenía el exotismo de lo que ha existido siempre, de lo que ha existido más de un año... en nuestras vidas urbanas empezamos a no ver más que lo nuevo, lo inmediato, en cartelerías publicitarias y en tiendas, en los comercios que cierran para renacer reformados.

¡Qué lejos quedaban las ciudades grandes de las que hablo tanto tomando café y creando teorías en las terrazas de estas ciudades! Nada de hacer el amor con el asfalto bonaerense, nada de sumergirme en el aseado laberinto platense o deambular por Halle como quien anda entre las líneas de una novela de Kafka. Nada de esto se me ocurrió entonces, pero si me hubiera dado por comparar en aquel momento, Chicago o Londres con La Mancha, hubiera estimado que andar por Elche de la Sierra es sencillamente, todavía, andar.

sábado, 10 de mayo de 2008

Saldo artístico

Exposición De Saldo, trampas y trampillas del arte, Mea Culpa, Objeto-Concepto

La inaguración fue según lo previsto: nervios de los organizadores y buen humor de los visitantes; la galería no se ha hecho cargo del catering y las cervezas, vinos y canapés, los pagan los artistas que quieren participar. Todo el mundo intenta recortar (sus) gastos.

Sigo a disgusto con lo ser artista brasileño en esta exposición, en su catálogo. Nada contra Brasil, por supuesto, pero no soy brasileño. Cuando estuve en el país sólo me dio tiempo para mojarme de pies a cabeza en la catarata de Iguazú (algo que nunca he considerado bautismal) y comer dos o tres veces asado de vaca y cerdo con piña y salsas.

Cuando se me propuso al principio lo de la expo, me explicaron que estaba invitado por haber viajado tanto a Argentina. Luego se me propuso "ser argentino". Argüí yo que podría, siendo "gallego", haber captado algo de la esencia porteña, y que podía presentar dibujos hechos durante alguno de estos viajes. O recordando. Incluso, trampeando, puedo considerarme argentino de corazón. Pero me han hecho brasileño y ni siquiera noto mejora en mi movimiento de caderas.

La trampita del arte puede ser una trampilla abierta: la próxima vez quizás participe en una expo de arte hecho por mujeres, o de arte negro. El objeto en sí, el dibujo, no se perjudica ostensiblemente; pero el arte hoy tiene un porcentaje gigante de símbolo (por no llamarlo márketing) y si asumimos que el arte definitavemente es tanto objeto como concepto (concepto artístico que escapa de la obra para alcanzar al organizador, a los comisarios, a la prensa, al contexto en fin) la trampa conceptual es mentira y la mentira desvirtúa la comunicación del arte.

Y es que al fin el objeto no miente, pero cuando no comprendemos la verdad del objeto, tragamos con que la vitrina, tarima o cabellete en que lo pongamos da el valor real: vitrina o tarima en forma de concepto brillante, dossier de cienmilpáginas explicando el misterio, puja en Christie's o logotipo oficial en la entrada al objeto contenedor de objetos que es un museo.

Igual que dice el adaggio sobre los hechos que no son horribles en sí mismos; lo que es horrible, se dice en Oriente y dijo Shakespeare, es el modo en que vemos los hechos; lo que miente no es el objeto, sino nosotros.

viernes, 9 de mayo de 2008

EXPO DE SALDO

Exposición "De Saldo" en Galería Siranga. Me gusta el concepto de la comisaria: el arte latino siempre está de rebajas, ¿por qué no vender barato, pero haciendo obra barata a propósito? El dibujo no está tan cotizado como la pintura, y ahora se paga el metro cuadrado de pintura o trozo de escultura; cada artista entrega pues entre 10 y 50 piezas pequeñas, me gusta la humildad de la idea.

Algunos de los dibujos que hice para la galería. Al principio busqué inspiración en mis viajes por América del Sur, pero Paula, la comisaria (en la foto de abajo) me dijo que no me preocupara... llevo lo latino dentro, me dijo. Me mosquea que me toque ser el artista brasileño.

sábado, 3 de mayo de 2008

Licencia para entender de Arte

Arte borroso, nuestra conjura de artistas y la censura pública (al público)

Por fin he conseguido que mis tíos vengan a ver una exposición. Están emocionados por haberse acercado al centro de la ciudad después de tantos años viviendo en una rica zona residencial. Pasean por el Carmen y recuerdan algunos lugares en los que pasaron sus noches jóvenes.

El propósito de la visita es que vean el rollo de telas estampadas de María Jesús y Patri y los vídeos que hice con ellas. En realidad mi invitación era más que de cortesía; mi familia extendida, hermanos y padres de mi padre, siempre han considerado fútil la carrera de Bellas Artes y sólo recientemente han dejado de forcejear para que tomara yo los libros del negocio familiar, ahora finiquitado.

Junto al rollo de tela admiran la constancia de mis chicas. No dudan de que el trabajo realizado es mucho. Otra tía mía siempre dice que "es una pena que siendo tan bonito no sirva para nada”. Estoy satisfecho, no piensan que soy un vago; no me paso el tiempo rascándome las pelotas, aunque se las toque a otros. El trabajo bien hecho es apreciable, les gusta ver el proceso de trabajo en los vídeos y aprecian que les cuente lo que ocurre con El Cabañal.

Dedicamos poco tiempo a la obra, tampoco quiero aburrirles. Paseamos no mucho más por el resto de la exposición, y si bien he podido explicarles nuestro trabajo, me molesta no poder ir más allá y enriquecer con trasfondo (porque no lo entiendo) una proyección gigante de algo borroso, u otro vídeo en que le tiran huevos a una chica ad aeternum, en bucle digital.

El museo es de entrada gratuita y localización céntrica, tiene un precioso claustro y afinada restauración. Pero estamos solos. En el silencio de las enormes salas paseamos incómodos por el rechinar de los zapatos en el mármol del museo y porque ninguno encuentra nada que decir sobre las obras que vemos.

performance: Paelling

YO: ¿Qué os parece lo que veis?
MI TÍA: No lo sé, yo no entiendo de Arte, yo no puedo opinar.

Lo hemos conseguido, me digo. Artistas, críticos, suplementos dominicales de la prensa y universitarios hemos logrado que el espectador de arte no se atreva a comentar un cuadro, una escultura o un híbrido, un objeto en cualquier caso, si está en un museo. Hemos conseguido que no se atreva a decir, como cuando lee un libro que no le gusta o una paella no le acaba de convencer, que "no (le) sirve", o que "no me ha gustado", o que algo no se ha hecho bien; al público se le ha quitado la capacidad de juzgar públicamente: las antiguas furias de los espectadores del primer dadaísmo se han fundido en lo políticamente correcto y ya no se puede opinar si un objeto (de Arte) es bello o desagradable, útil o vacío, tonto o reflexivo.

Me pregunto dónde podría conseguir mi tía el carnet que la licencie para colgar cuadros en su casa o cerrar sus paredes a ciertas obras. Pero ella no entiende, ni de arte, ni a mí cuando le digo que no necesita estudios para comprender. Debe estar esperando un permiso de más alto rango que el mío para atreverse a decir, como hasta hace unos años se hacía, “qué mierda”.