jueves, 20 de septiembre de 2007

País de Luna

La bandera argentina recoge el celeste y el blanco del cielo. En el centro, un sol radiante, antropomorfo, que no sonríe.

Curiosamente, me explica un amor de pibe que estudia astrología, el país está regido por la luna; es una nación cáncer, con todos los rasgos que caracterizan al signo: conservador, sensible hasta lo susceptible, protector de la familia y de sus signos, casi tribal, centrado en lo que le es propio y en guardia permanente frente a lo externo. Por supuesto, también algo lunático.

Una nueva amiga me expone su queja, amarga, porque no encuentra la ocasión de lucir un kimono: el qué dirán es muy pesado en este país extremadamente religioso. Mi respuesta es que el problema debe resolverlo desde dentro, en ella misma, porque las ocasiones de enfrentarse al otro las tendrá acá, y en Europa. Pero es cierto, debo aceptarle, que la renovación parece inasumible para la Argentina, y que tal vez por ello la palabra esté siempre en boca de todos, y la mirada, típica mirada en Argentina, puesta en algo lejano, demasiado difuso hasta para ser soñado.

Mi acompañante española me dice que uno no sabe nunca qué esperar en Argentina. Lo dice porque anoche nos acostamos sabiendo que hoy habría huelga en los subtes (metros), pero ya a las 9 de la mañana el paro se había levantado. Yo veo que todo sigue igual: con mejoras, la situación no es tan distinta a la del 2001: lo esperable es lo inesperado, lo confiable es que en un día se convoque un paro, se levante, y se vuelva a convocar.

Plaza de los dos congresos, al final de la Avenida de Mayo, y estación de subte en Santa Fe.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Paseos por Chacarita

Pasear no es un placer en Buenos Aires. Excitante, sí. Pero no placentero: el ruido y el smog, la superpoblación, se encargan de ello. El cementerio de Recoleta, casi una ciudad en sí mismo, es uno de los lugares más tranquilos de Capital, cuando los turistas conseguimos esquivar a los otros turistas. Ahora, excitante no es, excepto, supongo, que uno sea un grouppie de los muertos, un fan de la gente difunta.

martes, 18 de septiembre de 2007

Platenses

Mural de Alfredo Plot, en CityBell, en gran La Plata.
Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

Municipalidad de La Plata, al fondo.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Cebá vos

A los argentinos, a los de Buenos Aires, los porteños, los aborrece toda América latina. Al menos sus vecinos cercanos. A los bonaerenses les tienen tirria también los argentinos de provincias.

No asombra cuando uno les escucha hablar con superioridad de los países con los que tienen frontera, o cuando se comparan sin pudor con Europa.

No asombra pero produce tristeza. Los porteños representan, juntos sobre todo, el catálogo más acumulaticio de pecados capitales, tan criticables como susceptibles de ser disfrutados. Pero en definitiva, resumen y en general, son buena gente. Muy buena. Me impresiona sobre todo su hospitalidad, el afecto con el que abren las puertas de su casa al extranjero conocido –porque, por otro lado, nunca abren la puerta al desconocido, resguardándose en el “tema: inseguridad”-.

Produce tristeza que el porteño, siempre dispuesto a compartir su mate y su charla, se aísle de sus iguales en pos de una idea mítica, su grandeza y su europeidad, cada vez más difusa. (¿Dónde queda y qué es Europa hoy?)

La lógica realista, geográfica y gramatical, debería permitir a Buenos Aires saberse americana, sur americana: acercarse a Montevideo, Santiago de Chile, La Paz o Brasilia. Vivir en su lugar y tiempo para, desde ahí, hacer camino. El camino de combatir las dolorosas injusticias de la división Norte-Sur, Primer-Tercer mundo, Beneficios-Hambre.

Pero Buenos Aires, la Casa Rosada y sus ciudadanos, NO PUEDEN ser Tercer Mundo. No pueden ser América del Sur. No pueden asumirse. Viven entre el pasado glorioso del Peronismo original y el futuro que los convertirá en parisinos. Y, mientras, no pueden entender que Chile, Uruguay y Brasil crezcan económicamente más que ellos.

El momento del mate es tal vez el único momento en que los argentinos se asumen y viven su presente. No es la ceremonia del té japonés pero el ratito del mate, ¿viste?, tiene algo Zen.

PD.- De todos modos, digo, qué bueno poder mirar hacia fuera. En Europa, ¿cuándo miramos fuera? ¿Cuándo, eso de aprender de los otros?

domingo, 16 de septiembre de 2007

Legañas en la vereda

Los sábados y los domingos Buenos Aires desaparece. El asfalto existe, sus edificios quedan, pero la gente y sus autos duermen. Los viernes por la noche, igual que los sábados, nos rompen, nos gusta quedar destruídos, gastar la vida.

Así que si uno se ha quedado de noche en casa, la imagen con que amanecerá al día siguiente es casi apocalíptica: antes de las diez es difícil encontrar un café, hasta bien entrado el mediodía es difícil comer. Bien entrada la tardecita los restos (restaurantes) se llenan: la gente desayuna, toma sus cafés y sus medialunas, sus facturas y tostados, sin dejarse atrapar en los convencionalismos del resto del planeta; ¿y qué, y cómo no, si desayuno a las cinco?

Tampoco tiene sentido recluirse en casa en las noches de los fines de semana bonaerenses. Las heladerías, los cafés, los restaurantes, permanecen abiertos hasta la madrugada. Donde antes se cenaba ahora sirven tragos (copas, licores), retiran las mesas e improvisan una pista de baile. Incluso las librerías de la calle Corrientes, en la foto, abren hasta casi el amanecer de Buenos Aires. Trasnochar, y bueno, y ¿cómo no?

viernes, 14 de septiembre de 2007

Garúas

¡Qué noche llena de hastío y de frío!
El viento trae un extraño lamento.
Parece un pozo de sombras, la noche,
y yo, en la sombra, camino muy lento.
Mientras tanto la garúa se acentúa
con sus púas
en mi corazón... En esta noche tan fría y tan mía
pensando siempre en lo mismo me abismo
y aunque quiera arrancarla, desecharlay olvidarla,
la recuerdo mas.

Garúa!...
Solo y triste por la acera
va este corazón tránsido con tristeza de tapera,
sintiendo tu hielo, porque aquella, con su olvido,
hoy le ha abierto una gotera...

Perdido,
como un duende que en la sombra
mas la busca y mas la nombra...
Garúa... Tristeza...

Hasta el cielo se ha puesto a llorar!

"Garúa", letra de Enrique Cadícamo, música de Aníbal Troilo.

martes, 11 de septiembre de 2007

11-S (2007)

La última vez que estuve en Buenos Aires dos aviones colapsaron las torres gemelas de Nueva York. En Argentina era también por la mañana cuando comenzó el ataque terrorista, así que las rotativas tuvieron que hacer varias ediciones especiales de sus diarios para actualizar la información durante el día.

A los tres meses, fueron los cimientos de la propia Argentina los que se vinieron abajo, con la primera gran crisis económica del siglo, y el corralito. ¿Cómo pudo pasarnos?, se preguntaron, ¿Por qué a la gente buena le pasan cosas malas?

La Argentina está mejorada. Dolencias crónicas las tiene, como todos los países, pero hay mejor humor. La inflación y la inseguridad son los temas de la calle; el yo, el tema del diván, para los que pueden pagar por ser escuchados. Se preparan elecciones presidenciales; la tranquilidad del país se nota en que los diarios dedican las portadas a rememorar el 11-S estadounidense y ningún tema doméstico perturba esta memoria. Echo una cuestión de menos, afortunadamente, en la información argentina: la del "riesgo país", combinación de palabras que me intrigó mucho la última vez, que dejó hace tiempo de asustar y de escalar, diariamente, varios puntos porcentuales.

¿Riesgo país? Ché, país de locos, como mucho.