martes, 11 de septiembre de 2007

11-S (2007)

La última vez que estuve en Buenos Aires dos aviones colapsaron las torres gemelas de Nueva York. En Argentina era también por la mañana cuando comenzó el ataque terrorista, así que las rotativas tuvieron que hacer varias ediciones especiales de sus diarios para actualizar la información durante el día.

A los tres meses, fueron los cimientos de la propia Argentina los que se vinieron abajo, con la primera gran crisis económica del siglo, y el corralito. ¿Cómo pudo pasarnos?, se preguntaron, ¿Por qué a la gente buena le pasan cosas malas?

La Argentina está mejorada. Dolencias crónicas las tiene, como todos los países, pero hay mejor humor. La inflación y la inseguridad son los temas de la calle; el yo, el tema del diván, para los que pueden pagar por ser escuchados. Se preparan elecciones presidenciales; la tranquilidad del país se nota en que los diarios dedican las portadas a rememorar el 11-S estadounidense y ningún tema doméstico perturba esta memoria. Echo una cuestión de menos, afortunadamente, en la información argentina: la del "riesgo país", combinación de palabras que me intrigó mucho la última vez, que dejó hace tiempo de asustar y de escalar, diariamente, varios puntos porcentuales.

¿Riesgo país? Ché, país de locos, como mucho.

domingo, 9 de septiembre de 2007

Disfrutá

Además del obelisco, desde el balcón, veo otra eminencia argentina, casi tan antigua y gigante como la piedra que celebra la fundación de la ciudad de Buenos Aires: Mirtha Legrand, antigua actriz de cine y teatro, dedicada hoy a la televisión y a lo que es una verdadera profesión en la Argentina, la de Diva.

La mina anda más cerca del centenario que de los cincuenta años. Aunque hace poco perdió en el concurso de una revista para saber quién era la verdadera Diva argentina, frente a Susana Giménez (SG, una sesentona que parece haber salido recién de sus años cuarenta), todo el mundo acepta siempre su invitación a “Los almuerzos de Mirtha”, un programa televisivo de los de toda la vida. Una mesa de lujo, platos y vajillas suntuosos, y cuatro invitados VIP de ámbitos diferentes, que acuden a hablar entre ellos, comer, y presentar sus productos más recientes. Ricardo Darín, por ejemplo, estuvo hace un par de semanas, presentando película. Me gustaría ver a la Legrand almorzando con las otras divas del concurso, como la Roth (Cecilia), la Zorrilla (China, de “Elsa y Fred”, cuarto lugar) o la Aleandro (la mamá del “Hijo de la novia”, decimocuarta).

Aunque lo que me importa a mí es que cada mañana, al abrir la ventana, Mirtha me dice “disfrutá”. Y yo, disfruto.

sábado, 8 de septiembre de 2007

Baires Sunset

"Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste?
Salgo de casa por Arenales, lo de siempre, en la calle y en vos.
Cuando de repente, de detrás de un árbol, me aparezco yo,
mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte
en el viaje a Vénus. Medio melón en la cabeza,
las rayas de la camisa pintadas en la piel,
dos medias suelas clavadas en los pies
y una banderita de taxi libre en cada mano...
Te reís, pero sólo vos me ves,
los maniquíes me guiñan, los semáforos me dan tres luces celestes,
y las naranjas del frutero de la esquina me tiran azahares.
Y así, medio volando y medio bailando,
me saco el melón, te saludo, te regalo una banderita y te digo adiós."

Balada para un loco, Horacio Ferrer y Astor Piazzolla

viernes, 7 de septiembre de 2007

Almuerzo, diez pesos

Fragmento de "La hora del almuerzo", de Pío Collivadino y 1903, en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires y almuerzo en Santa Fe, cerca de la Facultad de medicina, con Quilmes al fondo.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Perspectivas

Todo depende del cristal con que se mire, y todos querríamos tener mágicos cristales color de rosa, como mínimo para mirar con ellos nuestra Casa de Gobierno, dadora de tantos disgustos.

Desde el balcón de casa veo, como si al estirar la mano lo tocara, el obelisco de Buenos Aires, tan paralelo al obelisco de Washington como una Casa Presidencial a otra. Es difícil sentir la esquiva esencia argentina en estas calles creadas por y para europeos, en América. Lo curioso es que ni ante tal monumento, visible a kilómetros de distancia desde muchas avenidas porteñas, uno se siente trasportado al bajo fondo del arrastrado tango, o a la visionaria y ciega profundidad borgiana.

Un amigo bonaerense me dijo, al asomarse al balcón, que el obelisco se veía trucho contemplado desde aquí: ni desde abajo, monumental, ni desde lejos. Como la luna, cambia su tamaño, y por lo visto, de tú a tú, pierde grandeza. Pero tal vez así se le quiera más, mucho, que le dijo la trucha al trucho.

Trucho: falso, de imitación, de mentira.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Tipismos

Los paseadores de perros son típicos de Buenos Aires, o al menos eso dicen las guías de viaje. Tan típicos de Buenos Aires son los paseadores de perros de Buenos Aires como típicos de Nueva York son los paseadores de perros de Nueva York. Ni idea de cuántos paseadores de perros hay en Milán, o Nueva Delhi, o Londres. De vez en cuando las guías turísticas nos cuelan cosas como ésas, en las que la frecuencia con que se da un suceso u objeto marcan su tipicidad.

Aunque me parece que sería más lógico incluir en una guía de viajes sólo aquello que sea único y exclusivo de un lugar, tal vez un libro sobre Buenos Aires pueda permitirse esta desviación: no en vano la Capital argentina busca su reflejo en Madrid, Manhattan o París, y barrios clásicos como el de Palermo adoptan, junto al viejo nombre italiano, los apellidos de Soho y Hollywood. Palermo Soho. Palermo Hollywood. Preparan Palermo Queens.

Con esta lógica, pues, también las cabinas de telefónica-españa son típicas de Buenos Aires. Si no, lo serían las de Deutsche Telecom. En cualquier caso, para la foto, da mejor un pasea-perros.

martes, 4 de septiembre de 2007

Asadísimos

No hace tanto frío como auguraban las nieves de agosto, primeras en 98 años. La tormenta de Santa Rosa, que se espera cada año a finales de ese mes, llega con retraso: el cielo encapotado concentra el calor y toda la contaminación de Baires entre el cielo y la tierra ("smog" llaman aquí al humo de los autos, contaminándose así de inglés la contaminación). Nos asamos, entre humedad y polvos, que acá llaman "tierra". Cielos marrones, colores tierra en la ropa, y predominancia de estos tonos pamperos en la decoración y la arquitectura. Buenos Aires no entra por los ojos, sino por la mente y, alternativamente, por el estómago.

Asados. Un honor que no se debe rechazar. Todavía no distingo unas partes de vaca de otras, asumo que no lo voy a hacer nunca, excepto que de una vaca entera (y viva) me pidan que señale el rabo, los cuernos y las ubres.

La cuenta sale a un asado cada dos días. Los argentinos celebran mucho, siempre hay un motivo, y se celebra con asado. Me pregunto si no sería mejor celebrar y evitar el sopor post-vacuno, y que así la victoria no se nos escape de las manos aletargadas.

Pero la opción son la harinas, densas; las verduras están imposibles, sometidas con pasividad vegetal a la inflación económica: el pimiento morrón se ofrece entre los 8 y los 14 pesos el kilo. Saturado, quiero llorar cada vez que veo carne y me temo que lloraré sangre, siendo mi cuerpo incapaz de metabolizar tanta hospitalidad. Imposible decir que no.

lunes, 3 de septiembre de 2007

La casa rosada

El amor en Buenos Aires florece pronto, aún en invierno, merced al cambio climático que, a pesar de la crisis permanente, Argentina se da el lujo de permitirse: fresco y lascivo, moteado de palabras, besón y hablador. Se quejan, los argentinos, de la inflación: ¿podrían amar como aman sin un amor inflacionado?

La Boca tiene más usos en esta ciudad que, efectivamente, llama así a uno de sus barrios: uno de los más olvidados por los tangos, pero que a turistas y carteristas encanta para su sensual intercambio de bienes. La boca es más rápida, y más enrevesada, en un Buenos Aires que celebra anticipadamente la primavera a comienzos de septiembre.

La casa de gobierno, la Casa muy Rosada, da su bendición al beso. Otra cosa es que haga caso a las manifestaciones de otro tipo que se dan cita, casi diariamente, frente a sus balcones.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Transportango

La Plata, taxi: a la calle 16, entre 59 y 60. Uno viaja y cuenta las calles de la ciudad, cruce a cruce, no duda pues del trayecto que realiza el taxista: La Plata fue levantada sobre un diseño geométrico, trazado como en las páginas de una libreta escolar, tan ordenado que es imposible no llegar a perderse. Google dispone de mapas para quien tenga curiosidad por su planta.

Buenos Aires, taxi: el visitante se asusta las primeras veces que el conductor le pide indicaciones para ir a la dirección deseada, hasta que descubre, viajando con algún bonaerense, que es normal. Thames, Scalabrini, French, Ayacucho, Florida... nombres de todo el mundo tomaron al asalto hace siglos las calles de Capital. "¿Sabe si los números corren parejos a los de Santa Fe?" pregunta un taxista. Otro se alegra de llevar a un español, "como mi abuelo, ese bruto, que cuándo le preguntaba dónde estaba la sierra (hace gesto de serrar, soltando ambas manos del volante) me preguntaba ¿pues qué sierra, joder?, ¿la de Cataluña o la Sierra Morena?".

Siempre dan los buenos días, las buenas noches, preguntan cómo va y cuando no ponen mala cara porque no tienes cambio son capaces de perdonar unas monedas, "los 18 centavos, me los das otro viaje".